Historias de un héroe local
Discos que hablan de una vida pasada y de lugares en donde comenzaron a configurarse los sueños.
Mi amigo Cosmo le hizo un disco a nuestra ciudad.
Después de grabar tres álbumes con la banda Gatoblanco y uno con la agrupación Rosa Rosa; y tras vivir más de la mitad de su vida por fuera de Manizales, sintió la necesidad de componer canciones que hablaran de la vida que tenía a los dieciocho años y de los sitios en donde esos días transcurrían.
La «crisis de los cuarenta» no le da a todo el mundo de la misma forma; a él y a mí, por ejemplo, nos dio en parte por tener conversaciones sobre la ciudad de la que ambos nos fuimos hace más de veinte años.

Confesiones extemporáneas.
En esas conversaciones, casi siempre teléfónicas, Cosmo me fue mostrando las maquetas de las canciones que hoy componen Héroe Local, el álbum debut de Cosmo & Azahares, su proyecto en solitario. Cada vez que me enviaba algún avance, me compartía también la historia que había detrás de cada letra.
Así supe que lo que a él le pasó con la mujer a la que le canta en Minotauro —mi canción favorita del disco— era lo mismo que yo había vivido por la misma época con otra mujer. Los dos tuvimos que asumir la realidad y el costo del amor correspondido a medias, que desaparece ante la llegada de un tercero que llama más la atención.
Héroe Local dura 18 minutos con 18 segundos, un tiempo que Cosmo utiliza para hablar sobre esa sensación de inmortalidad que uno tiene cuando está joven; sobre calles comerciales en las que todos los días parecen ser el mismo; e incluso cuenta la historia de una bebida fermentada, que se vendía a la salida de las iglesias y los colegios, y que alguna vez fue el sustento de su papá en sus años de aventurero.
Un poquito de catarsis.
Estas siete canciones le sirven a cualquier persona para musicalizar su llegada a la adultez media; un momento de la vida en el que según la estadística, uno ya se ha gastado más o menos la mitad.
Cosmo compuso un álbum para él, para su mamá y su papá, para sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos; y es imposible no imaginar que esa fue la misma motivación que tuvo Dolly Parton cuando grabó My Tennessee Mountain Home, en 1973; o la razón por la cual Paul McCartney, a sus 83 años, lanzará —el próximo mes— su álbum The Boys of Dungeon Lane, un homenaje al barrio de su infancia en Liverpool y cuyo primer sencillo, Days We Left Behind, fue lanzado la semana pasada.
Me resisto a pensar que discos como estos solo pueden volverse populares, cuando las letras están escritas en inglés y describen lugares alejados de la línea ecuatorial.
Aquí se los dejo: Héroe local, de Cosmo & Azahares, lanzado por South Mountain Music.


Dos recuerdos de mi niñez
No llevo la cuenta de las veces que he escuchado Héroe Local de principio a fin —vale la pena hacerlo de esa manera— y aunque en cada sesión me llegan nuevos recuerdos, tengo dos que siempre persisten:
El primero. Héroe Local me hace pensar en el Monumento a los Colonizadores; una obra del maestro Luis Guillermo Vallejo, inaugurada en 1999 para celebrar el sesquicentenario —150 años— de la fundación de Manizales y rendir homenaje a la colonización antioqueña; esa que fue hecha por arrieros, mulas y gente que cargando sus pertenencias, se dirigían a un lugar que todavía no existía.
A los dieciséis años, y como muchos manizaleños, ayudé a recolectar llaves y pelar cables para reunir el bronce y el cobre suficientes con el que el maestro Vallejo pudo construir todas las figuras.
El segundo. Las canciones Millonario y Ser Feliz me hacen recordar mi experiencia con un texto del dramaturgo colombiano Carlos José Reyes, titulado La piedra de la felicidad.
Cuando tenía 9 años y estaba en tercero de primaria, protagonicé esta obra de teatro en mi colegio. Mi papá fue el director.
La obra narra la historia de un mendigo que decide asignarle el poder de la alegría a una piedra cualquiera. El caprichoso hijo del rey —yo— se entera de lo que el mendigo está profesando y se obsesiona con adueñarse de la piedra.
Uno de los recuerdos más bonitos que tengo con mi papá, es ir caminando hacia el colegio el día de la función, con mi traje de príncipe metido en una bolsa plástica. En un punto del trayecto, él se detuvo para escoger una piedra que más tarde se convirtió en el preciado objeto de la puesta en escena. Después de la presentación y por muchos años, «la piedra de la felicidad» se usó en la cocina de mi casa para partir panela.
Gracias, querido Cosmo, porque la música que hiciste mientras despedías a tu padre, me ayudó a recordar uno de los últimos momentos que yo tuve con el mío.



Uno leyéndose en los amigos que se leen en amigos.
Qué bonito 🙂