Un amor raro por las direcciones
Un edificio en Brooklyn y un oficio en ciernes.
Me gustan las direcciones y los lugares en donde ocurrieron cosas que me interesan o vivieron personas —también personajes— que admiro. Me gustan aún más, cuando las calles de esas direcciones tienen nombre en lugar de número.
Cada vez que pienso en Truman Capote, mi mente inmediatamente se va a la casa 70 de Willow Street, en Brooklyn Heights. Ahí escribió buena parte de su libro A Sangre Fría y también uno de mis ensayos favoritos suyos, A House on the Heights, un relato autobiográfico en el que el escritor describe esa vivienda, ese barrio y su vida cotidiana durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Willow Street queda muy cerca de Orange Street, la calle a la que se muda el detective Azul para vigilar a Negro. Hablo de una historia llamada Fantasmas, escrita por Paul Auster.
Me da igual si los lugares son reales, como la casa en la que vivió Capote; ficticios, como los apartamentos en donde toma lugar la historia de Auster; o si nunca existieron, como el restaurante Phillies que aparece en Nighthawks —Noctámbulos—, una de mis obras favoritas de Edward Hopper.

224 Metropolitan
El edificio 224 de Metropolitan Avenue queda enseguida de la piscina metropolitana de Williamsburg, en Brooklyn y fue construido antes de la Segunda Guerra Mundial. Ahí viví un año —en el apartamento 11— con la roommate más rara que he tenido, mi amiga María Camila. Digo que es rara porque su razón para vivir con alguien no era compartir gastos, sino entender cómo funcionaba eso de la convivencia. Cuando terminó nuestro contrato, concluí que desde el primer día Cami tuvo todo lo que necesitaba para compartir un espacio con alguien: ganas, disposición y apertura.
Cinco años antes, sin imaginar que íbamos a terminar viviendo juntos, fuimos a conocer ese barrio como turistas y tuvimos el mismo deseo de vivir allí algún día.

En ese apartamento y por un error del sistema de correo, pasó algo que años más tarde entendí como el primer accidente por el que me convertí en escritor fantasma.
Mi amiga María Paula, hermana de María Camila —y también de María Angélica—, se quedó unos días de visita con nosotros y compró varios libros para que le llegaran a esa dirección. Después de escribir varias veces para preguntar por su pedido y a la vuelta de una semana, aparecieron cuatro paquetes con la misma orden. El envío había estado llegando a un local comercial en la planta baja del edificio.
Como tenía varios títulos repetidos, me regaló una copia de Team of Rivals —una biografía de Abraham Lincoln, que nunca leí— y una de Who Thought This Was a Good Idea?, de Alyssa Mastromonaco; una mujer muy joven que había trabajado como subjefe de Gabinete en la presidencia de Barack Obama.
Su historia me gustó tanto que se lo recomendé a otra amiga, que coincidencialmente se estrenaba en el cargo de jefe de Gabinete en el gobierno de Colombia —y también se llamaba María Paula—. Además de sugerirle que lo leyera, le dije que me parecía muy buena idea que ella también contara su historia, pues la posición que estaba ocupando, tradicionalmente había sido reservada para hombres o mujeres mayores que ella, y me parecía que registrar su experiencia le resultaría relevante a personas jóvenes interesadas en la política y el servicio público. Como cualquier idea entre cualquier par de amigos, seguimos hablando de la posibilidad de su libro como «algo que algún día había que hacer».
Cuatro años más tarde, varios Mercurios retrógrados y una pandemia, en 2022 me convertí en su escritor fantasma.


María Paula Correa y yo somos amigos desde hace casi veinte años. Sin haber leído un solo texto escrito por mí, confió para que la acompañara a contar su historia y me dio la oportunidad de escribir mi primer libro como escritor fantasma. Incluso quiso que mi identidad fuera revelada en un capítulo completo dentro de la publicación.
Me gusta ser fantasma, pero también quiero ser autor
224 Metropolitan es mi forma de recordar un lugar y un tiempo en los que pasaron muchas cosas que fueron determinantes en mi camino como escritor y autor, pero que en ese momento no las percibía como tal y las opacaba una constante sensación de estar estancado y perdido.
Quiero también recrear lo que acostumbro a hacer cuando alguien me visita; tener siempre una historia para compartir.

PD: no todas mis amigas se llaman María Paula o María Camila.
Acerca de la imagen de 224 Metropolitan
El diseño de este Subastack surgió después de una conversación con mi amiga, la arquitecta y artista Valeria Vilanova. Cuando le conté que tenía la idea de crear este espacio, inmediatamente se ofreció a ayudarme.
Me hizo algunas preguntas acerca del nombre del proyecto, mi amor por Nueva York, mis estaciones favoritas y mi interés por los libros incunables —el primer nombre que se me ocurrió para bautizar este proyecto—. En cuestión de una semana, me envío esta hermosa interpretación de lo que habíamos hablado: un mosaico de cinco obras del artista estadounidense Edward Hopper, un pintor que mostró una faceta poco conocida de la ciudad de Nueva York; lenta, íntima y nostálgica.
Las cinco pinturas —Automat, Nighthawks, Summertime, A Room in New York y Chop Suey— están enmarcadas por unos arcos que Valeria tomó de un manuscrito iluminado del siglo XV. El 224 en la pintura del centro, no pertenece a la obra original.
“Como arquitecta, lo que hice fue preparar la escena. Una escena que yuxtapone la lectura de un pasado y la proyección de un futuro: aquel pasado en que el 224 Metropolitan era tu casa y la cuna de tus pensamientos, junto con el futuro en que tus lectores —desde los rincones más íntimos de su ser, hasta las superficialidades de su rutina— estarán leyendo tus historias.
Cada escena en su ventana parece un mundo compartimentalizado, geográficamente constreñido. Pero entre las páginas —hoy plataformas digitales como Substack— se aglutina lo individualmente vivido. Esa fachada une a cada lector y su contexto bajo un solo mundo compartido.
Jugué con los colores y la geometría de cada escena. Por sus cambios de tono y contenido, cada una es claramente un evento aislado, pero también alude a un fondo universal que alinea los gestos de Hopper. Leerla como arquitectura invita a analizar el rol de los espacios—físicos y mentales— que enmarcan lo que vivimos”.
— Valeria Vilanova
Agradecimientos
He tenido la fortuna de tener personas que siempre me animan en cada proyecto que decido emprender. En este, puntualmente hay cuatro que me escucharon esta idea —hasta el cansancio— durante meses: Andrea Castrillón, Valeria Vilanova, Laura de Valencia y Juan Sebastián Naranjo. Gracias por creer, mucho antes que yo, que esto me resultaría divertido.
Y gracias a quienes llegaron hasta aquí en su lectura.

Yo conocí ese apto 🫶
Que linda historia Octis y que interesante anclar las memorias a los lugares. Felicitaciones por sacar este proyecto adelante 💗