Un cuento sobre otro cuento
Al parecer, un cuento de Hernando Téllez influyó en uno de los primeros relatos de Gabriel García Márquez. Lo que sí es seguro es que fue mi inspiración para escribir esta historia.
En 1958, Gabriel García Márquez escribió el cuento Un día de estos, publicado cuatro años más tarde en Los funerales de la Mamá Grande y en el que narra la historia de don Aurelio Escovar, el dentista de un pueblo —muy seguramente de Macondo— que algún lunes por la mañana tiene que atender al alcalde para sacarle una muela que lo estaba matando desde hacía cinco días.
—Si te gusta ese cuento de Gabo, tienes que leer Espuma y nada más, de Hernando Téllez —me dijo hace un par de años mi amigo Andrés Díaz.
Es la historia de un barbero y revolucionario clandestino, que recibe en su negocio al tirano del pueblo: el capitán Torres, responsable de desapariciones y otras muchas atrocidades contra varios de sus compañeros.
La estructura de ambos relatos es muy similar y hay quienes dicen que García Márquez tomó como referencia el cuento de Téllez para escribir el suyo. Mientras el texto del periodista y escritor 1 explora con ironía el abuso de poder, el del periodista y escritor 2 enaltece el valor de desempeñar un oficio con dignidad.
Yo había leído Un día de estos en la universidad, pero después de leer Espuma y nada más me dieron ganas de especular sobre las razones por las que Hernando Téllez habría escrito su cuento, imaginando que nada tenía que ver con el personaje opresor y todo con el hipotético sueño de querer ser barbero.
Aproveché una invitación que me hizo Natalia Osorio para participar en el boletín ocasional Contemplaciones y escribí El cuarto de San Alejo, el primer texto publicado con mi nombre en mucho tiempo. Todo lo demás lo producía como fantasma.


El cuarto de san Alejo
Desde hacía más de cinco años, nunca pasaba más de una semana sin que al menos una persona en el pueblo le preguntara a don Hernando por la historia del barbero. Su entusiasmo por contarla fue disminuyendo a medida que aumentaba la curiosidad de más gente por escucharla de su viva voz. Creían que él había visto la escena que narraba.
Un día ya cansado, decidió sentarse a escribirla.
—Aquí la gente nunca ha leído, esa es la única forma en que ese cuento por fin se muera o al menos a mí me dejen en paz —le dijo a su esposa antes de preguntarle en dónde estaba la máquina de escribir.
—Está donde se guardan todas las cosas que nunca usamos en esta casa, don Hernando —dijo ella.
—¿Encima de la máquina de coser? doña Beatriz —pensó él.
Lo que tenía para escribir ocuparía más o menos cuatro páginas y a pesar de ser la segunda vez que usaba la máquina, no cometió un sólo error; incluso se fue a dormir más temprano que cuando se sentaba a llenar el crucigrama.
Dos días más tarde madrugó a la litografía. No saludó al entrar y tampoco respondió al saludo de quien estaba del otro lado del mostrador. Sacó las cuatro hojas de una carpeta y con una simpatía que nadie espera de aquellos que no saludan, preguntó qué tan caras saldrían unas doscientas “copiecitas”.
El dueño del local tomó el documento y después de leer las primeras líneas, miró a su cliente y le dijo:
—Lo mínimo que le ofrezco son quinientas, pero se las doy gratis si me dice el nombre del pueblo.
Sólo aquellos que quieren o necesitan salir de algo cuanto antes, aceptan tan rápido una oferta como don Hernando lo hizo esa mañana.
—El pueblo es este, en el que usted y yo vivimos. A Torres lo conocí hace unos años, en Bogotá, y como era tan mala gente me dio por quitarle el castillo, su real apellido. Aunque debí haberlo llamado capitán Garita —dijo mientras le daba una última revisión al texto y agregó:
—Del barbero quisiera poder decirle que lo tiene enfrente, pero me tocó ser abogado.
Para don Hernando, esa era la actividad que respondía verdaderamente a sus necesidades vocacionales y creativas. Las leyes y su interpretación, obedecían solo al deseo y los intereses de quienes tuvieron el privilegio de decidir su destino.
Habiendo respondido de más para cumplir con el trato y obtener las copias gratis, se dispuso a salir del local para dirigirse a la primera audiencia del día.
—¿Y nunca le dio por aprender lo de la barbería? —escuchó mientras atravesaba el umbral de la puerta.
—¡Fíjese que sí! La emancipación la sigo teniendo muy cerca. Está donde se guardan todas las cosas que nunca usamos en mi casa.
Y siguió calle abajo.
Un homenaje a la extraordinaria narrativa de Hernando Téllez, especialmente a su cuento Espuma y nada más.
“Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo… No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto”.
Fragmento de Espuma y nada más. Hernando Téllez. Cenizas para el viento y otras historias. 1950.
(Publicado originalmente en el Boletín ocasional Contemplaciones. Medellín, Colombia. Marzo, 2024)


Me encanta leerte.
Yes!